Antropología Visual

No tengo tiempo para leer libros, cada vez compro más y dispongo de menos tiempo. Ahora además, no solo estudio sino trabajo, hago prácticas en edición de videos.

Hace un par de días no había mucho para editar así que me fui a hacer mandados. Habría estado más molesta con mi jefe si no fuera porque no tenía ganas suficientes de sentarme frente a la pantalla de la computadora editando por horas, quería salir y por eso no protesté.

Debía ir a la Av. Wilson, para quien no lo sabe Wilson es una avenida famosa en Lima básicamente por el comercio de computadoras y accesorios, reparación de computadoras de todo tipo, venta de software pirata, etc. Y también por las impresiones, gigantografías, fotocopias, troquelados, etc. Yo me iba justamente a imprimir carátulas para el Dvd y el Disco de un grupo de niños que cantan y tocan música folklórica.

Llegué a un stand decente, el señor parecía saber negociar y me convenció con sus rebajas. El problema vino cuando aparecieron mil clientes más, todos jóvenes, buscando imprimir en A3 o SuperA3 trabajos de su Instituto u Universidad. El negociante iba atrasando y atrasando la impresión de mi encargo, y yo quería protestar pero no podía, ¿por falta de carácter? Quizás. Siempre he sabido que evito las peleas no solo porque prefiero paz sino porque mi lengua se vuelve espada y mis gestos muy duros, luego de la pelea solo me quedaría la sensación de que dije algo de más. En fin, esta vez había otro factor que me impedía protestar.

El mismo negociante también ofrecía servicios de conversión de Minidv a DVD, o de 8mm a DVD y etc. Cuando quieres cambiar el formato de presentación pues la conversión se produce en tiempo real, es decir, si el video dura una hora pues tendrá uno que sentarse con canchita y ver segundo a segundo como avanza el reloj y se acaba la cinta. El negociante tenía muchos clientes que atender y yo muchos minutos para perder.

Siempre uno suele ver en estos casos, videos de matrimonios, quinceañeros, cumpleaños, bodas de plata, y otros eventos donde la gente tiene algo que celebrar. Pero esta vez habían grabado el velorio y entierro de un muchacho de unos 17 años (calculo) que vivía en La Perla, Callao.

¿Cómo puedo calcular la cifra? Habían muchos jóvenes que se acercaban a su ataúd, parecían amigos de colegio, de grado incluso, hubiera podido sacar el dato por ahí. Pero no, una de las primeras imágenes que vi cuando me dediqué a observar la pantalla de televisión que tenía cables conectados a una videograbadora y a un quemador de Dvd fue un ataúd blanco, en plano general, cinco segundos más tarde un cambio brusco de plano me llevo a conocer al fallecido tras la luna que permite tener cerrado el féretro y poder ver el rostro del que ya no está.

Lo vi en primer plano. Era un joven moreno, tenía los ojos cerrados, un traje azul oscuro y algodones en las fosas nasales. Me asusté, no se me había ocurrido que lo grabaran, no se me había ocurrido ver a un muerto a la cara, no en estos tiempos. Es más, quisiera no haber visto esa imagen que de pronto me causó pesadez, sentí como si me hubieran puesto carga en la espalda. Una prima me diría que son malas vibras… ella no ve muertos por convicción, dice que la dejan mal, le cambia la cara, se pone débil, hasta se enferma.

“Yo debería dejar de pensar en ese muertito que no es mío”… Cada vez que me acuerdo se me oprime el corazón.

Solo pienso en cómo habrá sido, de hecho alegre y medio movido… Su enamorada besaba la luna de vidrio del féretro que los separaba. Su papá se preguntaba muchas cosas al mirarlo ahí echado y en una caja, yo creo que se preguntaba justo eso ¿Qué haces echado ahí? Deberías aprovechar el tiempo para ordenar tu cuarto.

No pude descubrir quién era la mamá. Quizás no tenía. Pero si tenía una tía. Y bastantes amigos, de barrio y de colegio.

Cómo pueden grabar un evento así. Para qué querrían recordar el dolor de esos días, más grises que cualquier día limeño normal, más grises. ¿Por qué verlo con esos algodones y tan serio? ¿Por qué no quedarse con otros recuerdos? Solo si le servirían a él; cuando uno es joven tiende a querer saber cuántas personas irán a nuestro funeral, quién llorará más en el entierro, quien no irá y conforme pasan las años se van sacando nuevas conclusiones al respecto, bueno si este es el caso, ese video solo le serviría a él, para responder a las interrogantes que se planteo en medio de sus crisis existenciales adolescentes. ¡Que ella llore más y que mi mamá ni se aparezca!

En su barrio había mucha delincuencia, no podré saber si él era parte del grupo de chibolos faltosos, de pirañas, o yo que sé. Quiero creer que él no era parte de ese grupo pero que si los conocía, no eran amigos pero más valía saludarlos que tenerlos de enemigos. Su padre parecía alcohólico y/o entregado a las drogas. Su enamorada se veía bastante decente, justo por eso guardo la esperanza de que haya sido buen chico.

Acabó el velorio y bajaron el féretro del segundo piso por una escalera angosta, el féretro blanco descendía y su padre había elegido sensatamente preocuparse porque no haya problemas de producción: una vez abajo debían meterlo al carro y enrumbar al cementerio. Pero no, había que llevarlo antes al colegio, lo había olvidado, para que le diga adiós a su centro de estudios, luego había que llevarlo a un local grande, al local donde acontecían las fiestas más bravas del barrio. Donde todos su amigos bailarían por última vez con él, con su féretro, y se disputarían de quién es el siguiente turno… de cuatro en cuatro hacían bailar al cajón blanco, con ritmos salseros “Tu, cada vez que te he visto llegar, no pensé que te ibas a marchar… no vuelvas nunca más a mi” salsas muy tristes y el infaltable reggaetón. Y así fue.

Era imaginable el entierro. La cámara esta vez no se metió donde no era necesario. Se quedó con un plano entero del féretro entrando en su nicho en el quinto piso de aquella fila.

No supe quien lloraba desgarradoramente, no supe quién dijo que quería matarse, lo que sí sé es que su tía lloró porque llamaba a su sobrino. Sé que su papa ya no podía llorar más y optó por callar. Y lo último que supe fue su nombre y su apodo. De la lápida no pude ver más que esos datos, ni fechas ni frases.

Estoy acostumbrada a ver en las noticias muertes todos los días, estoy acostumbrada a las críticas frente a la prensa sensacionalista que le pregunta a una madre qué siente ahora que acaban de matar a su hijo. Y saberme acostumbrada es solo un decir, lo más correcto sería aceptar que aprendo a convivir con esta realidad porque no tengo de otra; sin embargo, esto fue diferente, porque nadie me vendió una noticia, no fue que cambie de canal y de casualidad… No. Presencié un acontecimiento que no era de mi incumbencia, fue una intromisión, un acto descarado mío quedarme parada viendo algo personal de una familia que no era la mía, y la penitencia que me he impuesto se acaba al escribir estas líneas. Se acaba cuando egoístamente le paso la pena a otro.